Publicado por Equipo #PorElClima el Viernes, 24 Enero 2020
Alicia Maestre Ducar

El cambio climático y la salud humana están interconectados en una inmensidad de formas complejas y no se distribuyen de manera uniforme en todo el mundo, ya que los niños, los ancianos y quienes trabajan al aire libre son más vulnerables que el resto de la sociedad.

Como dice el informe The Lancet Countdown on health and climate change: ensuring that the health of a child born today is not defined by a changing climate (2019), la ciencia del cambio climático describe un repertorio de posibles futuros, que dependen del grado de acción o inacción ante el calentamiento global. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, la Agencia Internacional de Energía y la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio de EEUU, aclaran que el mundo ya observa un aumento de la temperatura de 1 ºC por encima de los niveles preindustriales y que en esta última década se han registrado ocho de los diez años más cálidos de la historia.

Un niño que nace hoy experimentará un mundo con una temperatura 4 ºC mayor que el promedio industrial. El cambio climático afecta a la salud humana desde la infancia hasta la vejez. La contaminación del aire por combustibles fósiles y exacerbado por el cambio climático tiene consecuencias en el corazón, los pulmones y todos los órganos vitales. Los niños son particularmente propensos a sufrir estos efectos debido a que su sistema inmunitario y sus órganos se encuentran en desarrollo, ingieren mayor cantidad de agua, respiran más aire y pasan más tiempo al aire libre que los adultos.

La contaminación del aire por partículas finas (PM 2.5) es el mayor factor de riesgo ambiental para las muertes prematuras en todo el mundo. Más del 90% de los niños están expuestos a concentraciones de partículas finas en el aire más elevadas del límite marcado por la OMS.

Además de los problemas respiratorios, por un lado, los niños sufren en mayor medida los efectos del aumento de las temperaturas globales y el aumento de la frecuencia, intensidad y duración de los periodos extremos de calor. Por eso tienen mayor riesgo de sufrir desequilibrio electrolítico, fiebre, enfermedades respiratorias y enfermedades renales. La tasa de mortalidad infantil relacionada con el calor es cuatro veces mayor entre los niños menores de un año de edad, que entre las personas de 1 a 44 años. Y, por otro lado, los cambios en los patrones de las temperaturas y las precipitaciones suponen mayor riesgo para la transmisión de enfermedades transferidas de animales a humanos, como la malaria o el dengue que se transmiten a través del mosquito. En 2017, la tasa de mortalidad infantil por malaria fue del 61% en todo el mundo.

Las sequías y los incendios provocadas por el cambio climático tienen su parte de responsabilidad en los problemas de desnutrición infantil, ya que reducen la productividad de los cultivos y aumentan la inseguridad alimentaria. El 22% de los niños menores de cinco años en 2018 presentaron problemas en su crecimiento y desarrollo.

Y, finalmente, algo de lo que a penas se habla son los problemas de salud mental provocados por los desastres naturales. Un estudio realizado un año después de que tuviera lugar el Huracán Katrina en los Estados Unidos, investigó los traumas generados en las víctimas que tuvieron que vivir tal adversidad y descubrió que el 31% de los niños sufrían depresión y estrés postraumático. Debido a su corta experiencia vital e incapacidad de controlar situaciones difíciles, los niños corren mayor riesgo de sufrir estrés después de sufrir las consecuencias de un desastre natural.

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